David estaba en su estudio, pincel en mano, frente a un lienzo que no avanzaba, los colores se mezclaban sin intención, los trazos carecían de forma. La pintura, su refugio habitual, hoy era apenas un murmullo frente al rugido persistente en su mente: la propuesta de Elena.
Ella lo había descolocado, no por lo erótico de la invitación, ya había cruzado límites que jamás imaginó, sino por lo que implicaba, tomar el control, decidir cada ritmo, cada gemido, cada rendición.
Dejó el pincel con un s