La mañana siguiente no llegó con luz, afuera, el cielo estaba cubierto por nubes grises y espesas que cargaban una humedad que se colaba por las ventanas. Pero dentro de la casa, el calor persistía. No el del fuego, ni el de las velas ya apagadas, sino el de dos cuerpos que habían dormido entrelazados como si el sueño los hubiese sellado en un solo ser.
Elena despertó antes que Dorian, lo miró, con el cabello en desorden y los párpados suaves. Se veía distinto así, vulnerable. Sin el traje, sin