La lluvia golpeaba los ventanales como un murmullo persistente.
Elena sostenía una taza de café frío entre las manos, pero su mente estaba muy lejos de su apartamento.
Observaba cómo las gotas descendían por el cristal, formando ríos efímeros, casi como los caminos que recorrían sus pensamientos húmedos, impredecibles, intensos.
No podía evitar pensar en Dorian, en los juegos, en lo que vendría después.
Él la había desarmado lentamente, pieza a pieza. Cada regla, cada orden, cada carici