Ambientación: La mañana después de la celebración del Contrato Quetar. La mansión Vieri, siete años después.
La mansión Vieri se había despertado con un silencio engañoso, el tipo de calma que precede a una tormenta política y a la vez, a un día de colegio. En el desayuno, el ambiente era una mezcla de ébano y marfil, el contraste de los padres que se había duplicado en sus hijos.
Alessandro Vieri, el primogénito, se sentaba a la mesa de mármol con una postura formal, sus siete años cargados de la misma intensidad que definía a su padre. Estudiaba un mapa de Europa sobre su tableta, ignorando el plato de frutas frente a él. Sus ojos, del color del hielo, se levantaron solo cuando sintió la mirada de Demian.
—Padre —dijo Alessandro, su voz era inusualmente grave para un niño de su edad—. El acuerdo de Quetar. ¿Es cierto que el share de la Cábala en los puertos de Nápoles disminuirá por el nuevo pipeline de importación?
Demian, que estaba leyendo un informe de Dante, sonrió con o