Demian se quedó inmóvil en el balcón, el aire frío de la noche mordiéndole la piel. No había necesitado ver los faros del coche para saberlo. La ausencia lo había despertado. La repentina pérdida de la calidez que lo había anclado en la realidad era un vacío helado y doloroso.
La rabia no era un calor que lo consumía, sino una energía pura y congelada. Era la furia del hombre que nunca había perdido nada, y menos una posesión tan preciada.
Marcó el número de su hermano. Dante contestó al segund