Dante Vieri no podía dormir. Estaba acostumbrado a la eficiencia fría de las cifras, no al caos ardiente. Pero desde que había visto a Sara, la amiga ruidosa de Valeria, en la mansión, su mente había sido un desorden.
La humillación de Elias en el evento, la furia ciega de Demian... todo apuntaba a un movimiento de Victoria, pero Demian estaba demasiado ocupado reclamando a Valeria para ver las piezas del tablero. Demian era la fuerza; Dante era el cerebro. Y el cerebro sabía que debía actuar.