CAPÍTULO 47: SANGRE Y JURAMENTO
Dmitry
Hay recuerdos que no se borran. No importa cuánto intentes enterrarlos, cuánto alcohol bebas o cuántas balas dispares. Algunos se quedan ahí, como cicatrices invisibles. Este es uno de esos.
Recuerdo el olor del invierno en Moscú. Recuerdo el peso del abrigo largo, el crujir de la nieve bajo mis botas. Y recuerdo la mirada de mi padre, fría y calculadora, como si ya supiera en qué me iba a convertir.
Yo tenía dieciocho años.
Nadie me felicitó, tampoco hubo