El topo amaneció puntual.
Llegó a las ocho y cuarto, como todos los días. Saludó a la recepcionista por el nombre. Se sirvió café de la máquina del pasillo. Se sentó en su escritorio y abrió el portátil con la rutina sin fisuras de alguien que lleva años perfeccionando el arte de no llamar la atención.
Andrés Prieto.
Treinta y ocho años. Contador senior. Traje gris, corbata azul marino, reloj de marca media que no dijera ni demasiado ni demasiado poco. Un hombre construido para ser invisible en