Mundo ficciónIniciar sesiónEl vestido era rojo sangre y no dejaba nada a la imaginación.
Me estudié en el espejo del vestidor mientras Carolina terminaba de ajustar el cierre en mi espalda. La tela se adhería a cada curva como una segunda piel, el escote en V descendía peligrosamente hasta el esternón, y la abertura lateral revelaba mi pierna izquierda hasta medio muslo. Era el tipo de vestido que gritaba "mírame" y susurraba "no me toques".
Perfecto para cenar con un depredador.
—Estás segura de esto —dijo Carolina, más afirmación que pregunta.
—No tengo opción. Si me escondo, él sabrá que tiene poder sobre mí.
—Ya tiene poder sobre ti, Eva. Sabe dónde vives, conoce los nombres de tus hijos, sus gustos. Esto no es un juego de negocios, es una cacería.
—Entonces tendré que cazar yo primero.
Me coloqué los aretes de diamantes que había comprado en Milán, regalo de mi primera adquisición empresarial exitosa. Cada piedra representaba una noche sin dormir, un contrato ganado, una versión de mí misma que Rudolph McKenzie jamás creyó posible. La mujer estéril que no servía para nada ahora valía más que toda su familia junta.
Y esta noche, esa mujer cenaría con el padre de sus hijos sin revelar la verdad.
El miedo seguía ahí, agazapado en mi estómago como un animal herido. Pero había aprendido a usar el miedo como combustible, a convertirlo en hielo en lugar de fuego. El fuego te consumía. El hielo te protegía.
—Los niños están dormidos —informó Carolina—. La niñera tiene instrucciones de no abrir la puerta a nadie.
—Bien.
—Eva... ten cuidado.
La miré a través del espejo.
—El cuidado es para quienes tienen algo que perder. Yo ya lo perdí todo una vez. No me asusta volver a empezar.
El restaurante no tenía nombre visible desde la calle.
Solo una puerta negra en un callejón del distrito financiero, sin letrero, sin indicación alguna de lo que había dentro. El tipo de lugar donde las reservaciones se heredaban y las cuentas no mostraban precios. Mi chofer me dejó en la entrada exactamente a las ocho, y un mayordomo de guantes blancos me guió a través de un pasillo iluminado con velas hasta una sala privada al fondo.
Valentino ya estaba allí.
Se levantó cuando entré, y el aire abandonó mis pulmones.
No llevaba corbata. El cuello de su camisa negra estaba desabotonado, revelando la base de su garganta y un atisbo del pecho que yo conocía demasiado bien. El cabello, normalmente peinado con rigidez militar, caía ligeramente sobre su frente. Parecía más joven así, más humano.
Más peligroso.
—Señorita Marchetti —sus ojos recorrieron mi vestido con lentitud deliberada, deteniéndose en el escote, en la abertura de la pierna, antes de volver a mi rostro—. Impresionante.
—Señor Rossi. Puntual, como siempre.
—El tiempo es dinero —repitió mis palabras del primer encuentro con una sonrisa mínima—. ¿Verdad?
Me indicó la silla frente a él. La mesa era pequeña, íntima, diseñada para conversaciones que no debían ser escuchadas. Cuando me senté, nuestras rodillas casi se tocaron bajo el mantel blanco.
Casi.
—Ordené por adelantado —dijo, sirviendo vino en mi copa—. Espero que no te moleste.
—Depende de lo que hayas ordenado.
—Risotto de trufa negra, lubina al azafrán y tiramisú. Clásicos italianos para una mujer que vivió en Milán.
El estómago se me contrajo.
—Investigaste mis preferencias culinarias.
—Investigo todo sobre las personas que me interesan.
—¿Y yo te intereso, señor Rossi?
—Valentino —corrigió, sus ojos grises clavándose en los míos—. Creo que ya pasamos la formalidad de los apellidos, Sophia.
La forma en que pronunció mi nombre falso envió un escalofrío por mi columna. Como si supiera que era una mentira y disfrutara del juego.
—Muy bien, Valentino. ¿Qué más investigaste?
—Que llegaste a Italia hace cinco años con una maleta y sin dinero. Que construiste un imperio de importaciones desde cero. Que nunca te han visto con un hombre, a pesar de que media Europa ha intentado cortejarte.
—Tengo estándares altos.
—¿Y los niños? —la pregunta cayó como una piedra en agua quieta—. ¿También tienen estándares altos?
El corazón me dio un vuelco.
—Mis hijos no son tema de conversación.
—Tus hijos son fascinantes, Sophia —se inclinó hacia adelante, reduciendo la distancia entre nosotros—. Especialmente el niño. Me recuerda a alguien que conocí.
—Los niños se parecen a mucha gente.
—No con esos ojos.
Su rodilla rozó la mía bajo la mesa. Un contacto breve, eléctrico, que envió una descarga directa a mi centro. No me moví. No le di la satisfacción de verme reaccionar.
—Ojos grises —continuó, su voz bajando a un susurro—. Como tormentas, según dijiste. ¿De quién los heredaron?
—De su padre.
—¿Y dónde está él?
—Muerto.
La mentira salió fluida, practicada. Había contado esa historia tantas veces que casi me la creía.
—Qué conveniente.
—No hay nada conveniente en la muerte, Valentino.
—Tienes razón —concedió, recostándose en su silla—. Perdona mi insensibilidad.
El primer plato llegó, interrumpiendo la tensión. Comimos en silencio durante varios minutos, pero yo sentía sus ojos sobre mí constantemente, estudiando cada movimiento, cada gesto, archivando información que eventualmente usaría en mi contra.
—Los regalos que enviaste —dije finalmente—. Fueron muy... específicos.
—Me gusta prestar atención.
—Prestaste demasiada atención a niños que acabas de conocer.
—¿Te molestó?
—Me preocupó.
—¿Por qué?
Levanté la copa de vino, bebí un sorbo largo, usé el tiempo para organizar mis pensamientos.
—Porque no te conozco, Valentino. Y no dejo que desconocidos se acerquen a mis hijos.
—Entonces conóceme.
Su mano cruzó la mesa y cubrió la mía. El contacto fue como tocar un cable vivo: calor, electricidad, el recuerdo visceral de esas mismas manos recorriendo mi cuerpo hace cinco años. Mi piel ardía donde él la tocaba, y algo profundo en mi vientre se contrajo con un hambre que creía extinta.
Mi cuerpo lo recordaba. Mejor que mi mente, mejor que mi voluntad, mi cuerpo recordaba cada caricia, cada beso, cada embestida de aquella noche donde dejé de ser la esposa estéril y me convertí en una mujer deseada.
Retiré la mano lentamente.
—Quizás en otra ocasión.
—¿Me tienes miedo, Sophia?
—No le tengo miedo a nada.
—Mentirosa —sonrió, y el hoyuelo de su mejilla apareció—. Tienes miedo de algo. Lo veo en tus ojos cada vez que menciono a tus hijos. ¿Qué escondes?
—Todos escondemos algo, Valentino. Incluso tú.
—Yo soy un libro abierto.
—Los libros abiertos no compran edificios para sabotear a familias enteras.
Algo brilló en sus ojos. ¿Respeto? ¿Diversión?
—Touché.
El postre llegó, pero ninguno lo tocó. La tensión entre nosotros era tan densa que podía cortarse con el cuchillo de plata junto a mi plato. Valentino se levantó, rodeó la mesa, y extendió su mano hacia mí.
—Baila conmigo.
—No hay música.
—No la necesitamos.
Tomé su mano porque rechazarla habría revelado demasiado. Me levantó con suavidad, me atrajo hacia su pecho, y comenzamos a movernos en un vals silencioso que solo nosotros podíamos escuchar. Su mano en mi espalda baja quemaba a través de la tela del vestido, y su aliento rozaba mi sien mientras me guiaba por la pequeña sala.
—Eres un misterio, Sophia Marchetti —murmuró contra mi cabello—. Y yo siempre resuelvo los misterios.
—Algunos misterios son mejor dejarlos sin resolver.
—Nunca he sido bueno siguiendo consejos.
Su mano descendió peligrosamente, rozando la curva de mi cadera, y tuve que morderme el labio para contener el gemido que amenazaba con escapar. Esto era un error. Un error delicioso, intoxicante, pero error al fin.
—Debería irme —susurré.
—Deberías quedarte.
—Valentino...
—Una noche, Sophia. Dame una noche para demostrarte que no soy tu enemigo.
Lo miré a los ojos, esos ojos de tormenta que mis hijos habían heredado, y por un momento insano consideré decirle la verdad.
Entonces la puerta de la sala privada se abrió.
—Valentino, querido, sabía que te encontraría aquí. Necesito hablar contigo sobre... —la voz se detuvo en seco.
Margaret McKenzie estaba en el umbral. Setenta años de veneno destilado en un vestido de Chanel, los ojos de serpiente clavados en mí con una intensidad que heló mi sangre.
Me separé de Valentino inmediatamente.
—Señora McKenzie —saludó él con frialdad—. Estoy ocupado.
Pero Margaret no lo miraba a él. Me miraba a mí. Sus ojos recorrían mi rostro con una atención maniática, buscando algo debajo de la superficie, algo que su hijo no había sido capaz de ver.
—¿Quién es tu acompañante? —preguntó sin apartar la mirada.
—Sophia Marchetti —respondí antes de que Valentino pudiera hacerlo—. Socia de negocios.
Margaret entrecerró los ojos.
—Marchetti —repitió—. Italiano.
—Sí.
—Curioso. Tu español no tiene acento extranjero.
—Viví aquí de joven.
El silencio se extendió como un abismo.
Margaret dio un paso hacia mí, luego otro, hasta quedar tan cerca que pude oler su perfume de jazmín rancio, el mismo que usaba la noche que me arrojó vino en la cara.
—Esa mirada —susurró, más para sí misma que para nosotros—. Solo he visto esa mirada en una persona.
—¿Perdone?
—Una nuera que tuve. Una inútil, una estéril, una vergüenza para nuestra familia —sus labios se curvaron en una sonrisa cruel—. Pero ella está muerta. Murió de vergüenza hace cinco años, o al menos eso me gusta pensar.
El odio me quemó la garganta, pero mantuve la expresión neutra.
—Lamento su pérdida.
—No la lamento en absoluto, querida. Fue un alivio deshacernos de ella.
Margaret me estudió un segundo más, algo oscuro cruzando su mirada.
—Aunque debo decir... —murmuró— los muertos a veces regresan.







