El precio de la humillación

El silencio en la oficina era tan denso que podía mascarse.

Rudolph me miraba con esa expresión de confusión que recordaba tan bien, la misma que ponía cuando yo intentaba hablarle de mis sueños y él simplemente no entendía por qué una esposa necesitaba sueños propios. Sus ojos recorrían mi rostro buscando algo familiar, algún eco de la mujer que había destruido, pero solo encontraba a una desconocida que lo observaba como se observa a un insecto antes de aplastarlo.

—Entonces —carraspeó, intentando recuperar la compostura—, usted también está interesada en el edificio de la calle Reforma.

—Interesada no, señor McKenzie. Ya lo compré.

—¿Qué?

—El señor Rossi y yo acabamos de cerrar el trato —giré levemente la cabeza hacia Valentino, que permanecía inmóvil junto a su escritorio, los brazos cruzados, observando el intercambio con la intensidad de un científico estudiando especímenes—. ¿Verdad?

—Verdad —confirmó Valentino, su voz desprovista de emoción.

El rostro de Rudolph pasó del blanco al rojo en segundos.

—Eso es... eso es imposible. Teníamos un acuerdo verbal, Valentino. Me dijiste que considerarías mi oferta.

—La consideré. Durante tres segundos. La rechacé.

—¡Pero mi familia ha hecho negocios con los Rossi durante décadas!

—Tu familia —Valentino descruzó los brazos lentamente— me debe cuarenta millones de dólares en contratos incumplidos. No estás en posición de exigir favores, Rudolph.

La mandíbula de mi exmarido se tensó. Podía ver el sudor acumulándose en su frente, el temblor apenas perceptible en sus manos. El hombre que una vez me hizo sentir como basura ahora era él quien apestaba a desesperación.

Delicioso.

—Señorita Marchetti —se giró hacia mí, cambiando de táctica, su voz adoptando un tono conciliador que me revolvió el estómago—. Quizás podamos llegar a un acuerdo entre nosotros. La ética de negocios dicta que...

—¿Ética? —la palabra salió de mis labios como veneno—. ¿Usted quiere hablarme de ética, señor McKenzie?

—Solo digo que en el mundo empresarial, la lealtad y el respeto mutuo...

—La lealtad —repetí, avanzando un paso hacia él— es algo que se gana, no que se exige. Y el respeto... —otro paso, mis tacones resonando como sentencias— el respeto se demuestra con acciones, no con palabras vacías. Dígame, señor McKenzie, ¿alguna vez ha demostrado respeto por alguien que no pudiera darle algo a cambio?

Rudolph parpadeó, desconcertado por la pregunta.

—No entiendo qué...

—No esperaba que entendiera —sonreí, una sonrisa que no llegó a mis ojos—. Los hombres como usted rara vez entienden el daño que causan hasta que alguien se lo devuelve multiplicado.

El silencio que siguió fue absoluto.

Sentí los ojos de Valentino clavados en mi nuca, analizando cada palabra, cada gesto, archivando información que yo no quería darle. Pero no me importaba. En ese momento, con Rudolph McKenzie frente a mí tragando su propia medicina, nada más importaba.

—Creo que esta reunión ha terminado —dijo Valentino finalmente—. Rudolph, mi asistente te acompañará a la salida.

—Valentino, por favor...

—Ahora.

La puerta se abrió. El asistente impecable apareció como por arte de magia, y Rudolph no tuvo más opción que caminar hacia ella con los hombros hundidos. Antes de salir, me lanzó una última mirada, una mezcla de rabia e incomprensión que me llenó de satisfacción oscura.

La puerta se cerró.

Y entonces escuché el clic del cerrojo.

Me giré lentamente. Valentino estaba de pie junto a la puerta, la mano todavía en la cerradura, los ojos grises convertidos en tormentas de verdad.

—¿Qué hace? —pregunté, manteniendo la voz firme.

—Asegurarme de que nadie más nos interrumpa.

—Nuestra negociación terminó, señor Rossi. Tenemos un trato.

—Tenemos un trato sobre el edificio —caminó hacia mí con esa lentitud predadora que comenzaba a reconocer—. Pero hay otras cosas que quiero negociar.

—No tengo nada más que ofrecerle.

—Yo creo que sí.

Se detuvo a centímetros de mí. Tan cerca que podía sentir el calor irradiando de su cuerpo, oler el whisky en su aliento mezclado con ese perfume que me perseguía en sueños. Mi corazón latía desbocado, pero mantuve la expresión neutra, la máscara de hielo que había perfeccionado durante cinco años de supervivencia.

—¿Qué es lo que realmente quieres de los McKenzie? —su voz era un susurro grave, íntimo, peligroso.

—Negocios.

—Mentira.

—Disculpe, pero...

—La forma en que lo miraste —me interrumpió, inclinándose hasta que su boca quedó a milímetros de mi oído—. La forma en que pronunciaste cada palabra como si fuera un cuchillo. Eso no era negocios, señorita Marchetti. Eso era personal.

El aliento cálido contra mi piel envió escalofríos por mi columna. Cerré los ojos por un instante, luchando contra el torrente de sensaciones que amenazaba con ahogarme.

—Mi relación con los McKenzie no es de su incumbencia.

—Todo lo que ocurre en mi oficina es de mi incumbencia.

Su mano se levantó, rozando mi mejilla con el dorso de los dedos. Un toque suave, casi tierno, que contrastaba brutalmente con la intensidad de su mirada. Mi cuerpo reaccionó sin permiso: el pulso acelerado, la piel erizada, un calor líquido acumulándose en lugares que no quería reconocer.

—Dime quién eres —ordenó—. Tu verdadero nombre.

—Sophia Marchetti.

—Mentira.

—Es la verdad.

—Tus ojos dicen otra cosa.

Estaba atrapada. Entre su cuerpo y el ventanal, entre el pasado y el presente, entre el deseo y la supervivencia. Pero yo ya no era la mujer que se dejaba atrapar.

Levanté la mano y la posé suavemente sobre su pecho. Sentí su corazón latiendo bajo mis dedos, tan acelerado como el mío. La sorpresa cruzó su rostro por una fracción de segundo.

—Señor Rossi —ronroneé, inclinándome hacia él hasta que mis labios rozaron su mandíbula—, si quisiera saber mis secretos, tendría que ganarse el derecho a conocerlos.

Su respiración se entrecortó.

—¿Y cómo se gana ese derecho?

—Todavía no lo he decidido.

Me deslicé bajo su brazo antes de que pudiera reaccionar, caminé hacia la puerta, giré el cerrojo y la abrí. Solo entonces me permití mirarlo por encima del hombro.

Estaba exactamente donde lo había dejado, los puños cerrados a los costados, la mandíbula tensa, los ojos ardiendo con algo que era mitad frustración y mitad hambre.

—La cena para discutir los contactos de Milán —dije—. Mañana, ocho de la noche. Elija usted el restaurante.

Y salí antes de que mis piernas cedieran.

El penthouse estaba en silencio cuando llegué.

Dejé caer el bolso en el sofá, me quité los tacones y caminé descalza hacia el ventanal. La ciudad brillaba abajo, indiferente a mi tormenta interior. Todavía podía sentir el fantasma de los dedos de Valentino en mi mejilla, su aliento en mi oído, la electricidad crepitando entre nuestros cuerpos.

Esto era peligroso. Él era peligroso.

—Eva.

La voz de Carolina me arrancó de mis pensamientos. Estaba de pie en el umbral del pasillo, el rostro pálido.

—¿Qué pasa?

—Llegó algo. Hace una hora.

—¿Qué cosa?

—Ven a ver.

La seguí hasta la sala de estar donde los gemelos jugaban. Sobre la mesa de centro había un ramo de gardenias blancas, las mismas flores que perfumaban todo el penthouse, y junto a ellas, dos cajas envueltas en papel plateado.

—Las flores son para ti —dijo Carolina—. Los regalos, para los niños.

Tomé la tarjeta que acompañaba las gardenias. Letra manuscrita, elegante, masculina.

"Para la mujer de ojos que guardan secretos. Espero con ansias nuestra cena. — V.R."

El estómago se me contrajo.

—¿Cómo supo dónde vivimos?

—No lo sé. Pero eso no es lo peor.

—¿Qué puede ser peor?

Carolina señaló las cajas abiertas. Una contenía un set de arte profesional para niños, con acuarelas italianas importadas. La otra, un rompecabezas de tres mil piezas con la imagen del sistema solar.

Regalos específicos. Perfectamente elegidos para cada uno de mis hijos.

—Luca mencionó en el aeropuerto que le gustaban los planetas —susurré—. Y Mía estaba dibujando en el avión...

—Eva, él estuvo investigando. No hay otra explicación.

El pánico comenzó a trepar por mi garganta. Si Valentino estaba investigando a mis hijos, ¿cuánto tiempo tardaría en descubrir la verdad? ¿Cuánto tiempo antes de que conectara los ojos grises de Luca con los suyos propios?

—¡Mamá!

Luca apareció corriendo, el rompecabezas del sistema solar apretado contra su pecho, los ojos brillando de emoción.

—¡Mira lo que nos mandó el señor príncipe! ¡Tiene todos los planetas, incluso los enanos! ¡Y dice mi nombre en la caja!

—¿Tu nombre?

—¡Sí! —me mostró la etiqueta—. "Para Luca, el pequeño astrónomo".

El aire abandonó mis pulmones.

Sabía el nombre de mi hijo. Sabía sus gustos. Sabía dónde vivíamos.

—Luca, cariño —mi voz temblaba—, ¿le dijiste algo más al señor del aeropuerto? ¿Algo sobre ti o sobre Mía?

Mi hijo frunció el ceño, pensando.

—Le dije que me gustaban las estrellas. Y Mía le dijo que quería ser pintora como la abuela. ¿Por qué?

—Por nada, mi amor. Solo curiosidad.

Luca me estudió con esa mirada demasiado inteligente para sus cuatro años. La misma mirada de Valentino cuando buscaba verdades ocultas.

—Mamá —dijo lentamente—, el príncipe sabe dónde vivimos.

—Sí, cariño. Parece que sí.

—¿Eso es bueno o malo?

Lo abracé con fuerza, enterrando la cara en su cabello oscuro, respirando su olor a champú infantil y galletas.

—Todavía no lo sé, mi amor —susurré—. Todavía no lo sé.

Sobre la mesa, las gardenias blancas perfumaban el aire con su dulzura engañosa, y la tarjeta de Valentino Rossi brillaba bajo la luz como una promesa.

O como una amenaza.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP