Mundo ficciónIniciar sesiónLos muertos a veces regresan.
Las palabras de Margaret flotaban en el aire como veneno, pero yo había aprendido a respirar toxinas sin morir. Cinco años tragando humillación me habían inmunizado contra mujeres como ella.
—Qué observación tan poética, señora McKenzie —sonreí, el gesto tan afilado como un bisturí—. Aunque debo decir que es una lástima.
—¿Una lástima?
—Que su hijo no supiera apreciar lo que tenía. Pero así funciona el mercado, ¿verdad? —di un paso hacia ella, invadiendo su espacio como ella había invadido el mío—. Siempre termina valorando lo que los tontos desechan.
El rostro de Margaret se contrajo. Una vena palpitó en su sien, y sus manos enjoyadas se cerraron en puños a los costados de su vestido Chanel.
—¿Disculpa?
—La disculpo. Aunque no debería. Escuché que Corporación McKenzie está al borde de la bancarrota —incliné la cabeza con falsa compasión—. Qué triste debe ser ver cómo todo lo que construyeron se derrumba mientras esa nuera "muerta" probablemente está viviendo su mejor vida en algún lugar del mundo.
El silencio que siguió fue nuclear.
Valentino observaba el intercambio con expresión inescrutable, pero algo brillaba en sus ojos. ¿Admiración? ¿Sospecha? Probablemente ambas.
—No sé quién te crees que eres —siseó Margaret—, pero nadie me habla así.
—Sophia Marchetti. Empresaria. Multimillonaria. Y aparentemente, la mujer que acaba de comprar el edificio que ustedes necesitaban para sobrevivir —me encogí de hombros con elegancia—. Fue un placer conocerla, señora McKenzie. Estoy segura de que nos veremos de nuevo. Probablemente cuando esté firmando la escritura de su mansión en la subasta de embargo.
Margaret abrió la boca, pero ningún sonido salió. Por primera vez en su vida, alguien la había dejado sin palabras.
Recogí mi bolso de la mesa, asentí brevemente hacia Valentino, y caminé hacia la puerta con la espalda recta y los tacones resonando como aplausos.
Solo cuando llegué al pasillo me permití exhalar.
El auto de Valentino me esperaba afuera.
No el mío. El suyo. Un Bentley negro con chofer uniformado que abrió la puerta trasera en cuanto me vio salir.
—Yo tengo transporte —dije.
—Tu chofer ya se fue —Valentino apareció detrás de mí, su voz grave rozando mi nuca—. Le dije que yo te llevaría.
—No recuerdo haber aceptado.
—No te estoy preguntando.
Su mano se posó en mi espalda baja, guiándome hacia el vehículo con firmeza que no admitía discusión. El calor de su palma atravesó la tela del vestido, y mi cuerpo traidor respondió con un escalofrío.
Subí al auto. Él subió después, cerrando la puerta con un golpe seco que sonó a sentencia.
—Conduce —ordenó al chofer—. Lento.
El Bentley se deslizó por las calles nocturnas mientras el silencio entre nosotros se volvía insoportable. Valentino no me miraba, sus ojos fijos en la ventanilla, pero la tensión irradiaba de su cuerpo como electricidad estática.
—Margaret McKenzie no pierde el tiempo con gente insignificante —dijo finalmente, su voz cortando el aire—. Ella te reconoció, Sophia.
—No me reconoció. Me confundió con alguien.
—Mentira.
Se giró hacia mí, y la intensidad de su mirada me clavó contra el asiento de cuero.
—¿Quién eres realmente?
—Ya te lo dije.
—Me dijiste un nombre. Quiero la verdad.
—La verdad es un concepto relativo.
—No para mí.
Su mano atrapó mi mentón, obligándome a mirarlo. El contacto fue eléctrico, devastador, un recordatorio físico de todo lo que mi cuerpo anhelaba y mi mente rechazaba.
—Tus ojos —murmuró, estudiándome—. Hay algo en ellos que no puedo descifrar. Algo que me resulta familiar y extraño al mismo tiempo.
—Quizás necesitas lentes.
—Quizás necesitas dejar de mentirme.
Su pulgar rozó mi labio inferior, el mismo gesto de su oficina, pero esta vez más lento, más deliberado. Mi respiración se entrecortó contra mi voluntad.
—Voy a descubrir quién eres, Sophia Marchetti —susurró, su boca a centímetros de la mía—. Y cuando lo haga, no habrá ningún lugar donde puedas esconderte de mí.
—No me escondo de nadie.
—Entonces no te importará que siga investigando.
El auto se detuvo frente a mi edificio. Aparté su mano de mi rostro con más fuerza de la necesaria.
—Investiga todo lo que quieras, Valentino. Solo encontrarás lo que yo quiero que encuentres.
Abrí la puerta y salí antes de que él pudiera responder. Antes de que mi cuerpo cediera a la tentación de probar esos labios una vez más.
Caminé hacia el vestíbulo sin mirar atrás, pero sentí sus ojos clavados en mi espalda hasta que las puertas del ascensor se cerraron.
El penthouse estaba en silencio.
Caminé descalza por el pasillo hasta la habitación de los gemelos, los tacones colgando de mis dedos, el vestido rojo arrugándose contra mis muslos. La niñera dormitaba en el sofá de la sala, pero no la desperté.
Luca y Mía dormían en sus camas pequeñas, los rostros relajados, ajenos al caos que amenazaba con destruir todo lo que había construido para ellos. Me arrodillé junto a la cama de mi hijo y acaricié su cabello oscuro, tan parecido al de su padre.
—Te prometo que nadie te hará daño —susurré—. Nadie sabrá la verdad hasta que yo lo decida. Y cuando la sepan, seremos tan poderosos que no podrán tocarnos.
Luca se removió en sueños, murmurando algo sobre príncipes y estrellas.
Las lágrimas llegaron sin permiso.
Me derrumbé junto a su cama, el rostro enterrado en las manos, los sollozos sacudiendo mi cuerpo con violencia silenciosa. Por un momento no fui Sophia Marchetti, la empresaria implacable. Fui Eva Stroll, la mujer que huyó con el corazón destrozado, que parió sola en un hospital de Turín, que levantó un imperio con las uñas mientras criaba a dos bebés sin ayuda.
Fui la estéril que resultó no serlo. La inútil que resultó ser brillante. La muerta que resultó estar más viva que nunca.
El llanto duró cinco minutos exactos. Me lo permití. Luego me sequé las lágrimas, me levanté, y caminé hacia mi oficina.
El juego de la víctima había terminado hace cinco años. Era hora de jugar el de la depredadora.
Carolina contestó al segundo timbrazo.
—¿Eva? Son las tres de la mañana.
—Lo sé. Escúchame bien.
—¿Qué pasó?
—Margaret McKenzie me reconoció. No completamente, pero sospecha. Y Valentino está investigando mi pasado.
—Mierda.
—Exacto. Necesitamos acelerar el plan.
Escuché movimiento al otro lado de la línea, el sonido de Carolina levantándose de la cama.
—¿Qué quieres hacer?
—Mañana ejecutamos la fase dos. Quiero a los McKenzie en la calle para el final de la semana.
—Eva, eso es muy rápido. Todavía no tenemos...
—Tenemos suficiente. Los contratos que firmaron con proveedores falsos, los desvíos de fondos de la fundación de caridad, el soborno al inspector de construcción. Todo está documentado.
—¿Y si Valentino interfiere?
—No lo hará. Odia a los McKenzie tanto como yo.
—¿Y si descubre quién eres antes de que termines?
Me quedé en silencio por un momento, considerando la pregunta.
—Entonces tendré que asegurarme de que cuando lo descubra, ya no importe.
Colgué antes de que Carolina pudiera protestar.
Me serví una copa de vino y caminé hacia el ventanal. La ciudad dormía abajo, ignorante de la tormenta que estaba a punto de desatar. En menos de setenta y dos horas, Rudolph McKenzie perdería todo: su empresa, su reputación, su mansión. Y Margaret vería cómo el apellido que tanto protegía se convertía en sinónimo de fracaso.
La venganza sería dulce. Pero primero, necesitaba dormir.
Giré hacia el pasillo que llevaba a mi habitación, y entonces lo vi.
Un sobre blanco en el suelo, junto a la puerta principal.
El corazón se me detuvo.
Carolina había revisado la correspondencia antes de irse. La niñera no había salido del penthouse. Y el edificio tenía seguridad las veinticuatro horas.
Caminé hacia el sobre con pasos lentos, como si fuera una bomba a punto de explotar. Lo recogí con dedos temblorosos. No tenía remitente.
Lo abrí.
Dentro había una fotografía.
Una fotografía de hace cinco años. Eva Stroll el día de su boda, antes de que todo se derrumbara. Cabello recogido, maquillaje suave, ojos llenos de una esperanza que ya no existía.
Alguien había dibujado un círculo rojo alrededor de mis ojos.
Y debajo, escrito con letra mayúscula impecable, había una nota:
"LOS OJOS NO MIENTEN, EVA".
La fotografía se deslizó de mis dedos.
Alguien sabía. Alguien que no era Margaret, que no era Valentino, que no era nadie que yo hubiera previsto.
Alguien estaba jugando un juego paralelo.
Y yo acababa de convertirme en la presa.







