Negociando con el diablo

El penthouse olía a gardenias frescas y dinero nuevo.

Dejé caer el bolso sobre el sofá de cuero italiano mientras los ventanales de piso a techo me devolvían el reflejo de una ciudad que había jurado destruir. Treinta pisos más abajo, las luces del centro financiero parpadeaban como estrellas caídas, y en algún lugar de ese laberinto de cristal y acero, los McKenzie estaban ahogándose en su propia codicia.

La ironía era deliciosa.

—Los gemelos ya están dormidos —Carolina entró con su tablet, el ceño fruncido por la concentración—. La niñera dice que Luca preguntó tres veces por el "señor príncipe" antes de cerrar los ojos.

El estómago se me contrajo.

—Es un niño curioso. Lo olvidará.

—Eva, ese niño no olvida nada. Memorizó el alfabeto cirílico a los tres años porque vio un documental sobre Rusia.

—Entonces tendré que asegurarme de que no vuelva a ver a Valentino Rossi.

Carolina arqueó una ceja, ese gesto que significaba "ambas sabemos que eso es imposible", pero tuvo la sensatez de no verbalizarlo. En cambio, deslizó la tablet hacia mí.

—Tengo noticias sobre el edificio. Y sobre los McKenzie.

La pantalla mostraba un artículo financiero fechado esa mañana. "Corporación McKenzie al borde del colapso: buscan desesperadamente inversores para evitar la bancarrota". Debajo, una foto de Rudolph con ojeras profundas y el cabello más canoso de lo que recordaba. A su lado, Margaret McKenzie mantenía su expresión de superioridad, aunque algo en la rigidez de su mandíbula delataba el pánico.

—Resulta que necesitan ese edificio tanto como tú —continuó Carolina—. Era su última carta. Planeaban convertirlo en la sede de una nueva división tecnológica para atraer inversores extranjeros. Sin él, no tienen nada que ofrecer.

—¿Y Rossi se les adelantó?

—Por tres horas. Aparentemente, alguien filtró los planes de los McKenzie a Grupo Rossi la semana pasada.

Interesante. Valentino Rossi no solo era obscenamente rico, también jugaba sucio cuando convenía. Eso lo hacía peligroso. Y útil.

—¿A qué hora es la reunión mañana?

—A las diez. Piso cuarenta y dos, oficina privada. Solo tú y él.

Solo él y yo. En un espacio cerrado. Con cinco años de secretos flotando entre nosotros.

Maravilloso.

La sede de Grupo Rossi ocupaba los últimos quince pisos de la torre más alta del distrito financiero.

El vestíbulo principal era un ejercicio de intimidación arquitectónica: mármol negro veteado de oro, techos de doble altura, una recepcionista que parecía modelo de pasarela y me miró como si mi traje costara menos que su manicure. Caminé hacia ella con la espalda recta y los tacones resonando como disparos de advertencia.

—Sophia Marchetti. Tengo cita con el señor Rossi.

La recepcionista revisó su pantalla con lentitud deliberada.

—El señor Rossi la espera en el piso cuarenta y dos. El ascensor privado está a su derecha.

El ascensor era una caja de cristal y acero bruñido que subía en silencio obsceno. Mi reflejo me devolvía la imagen de una mujer que no reconocía del todo: labios rojos, ojos delineados en negro, el vestido azul cobalto ajustándose a cada curva como una armadura de seda. La vieja Eva habría vomitado de los nervios. La nueva Sophia solo ajustó su postura y esperó.

Las puertas se abrieron directamente a un pasillo privado. Un asistente de traje impecable me guió hasta unas puertas dobles de roble oscuro, las abrió sin anunciarme, y desapareció.

La oficina de Valentino Rossi era exactamente lo que esperaba: poder destilado en metros cuadrados. Ventanales que abarcaban toda la pared norte, una vista que convertía la ciudad en un tablero de juego, muebles minimalistas que costaban más que apartamentos enteros. Y él, de pie junto al escritorio, con las manos en los bolsillos y esos ojos grises clavados en mí como si pudiera ver a través de cada capa de mi disfraz.

—Señorita Marchetti —su voz ronca llenó el espacio—. Puntual.

—El tiempo es dinero, señor Rossi. No me gusta desperdiciar ninguno de los dos.

Una sonrisa mínima curvó sus labios.

—Siéntese, por favor.

—Prefiero estar de pie.

—Como desee.

Se movió hacia el minibar empotrado en la pared, sirvió dos dedos de whisky en un vaso de cristal, y me lo ofreció. Negué con la cabeza.

—No bebo durante las negociaciones.

—¿Quién dijo que esto es una negociación? —se llevó el vaso a los labios, bebió sin apartar los ojos de mí—. Quizás solo quería verla de nuevo.

El pulso se me aceleró, traicionero. Lo ignoré.

—Me halaga, pero ambos sabemos que usted no hace nada sin motivo. Compró ese edificio tres horas antes de que los McKenzie pudieran hacerlo. Eso no es coincidencia.

—Las coincidencias no existen —repitió mis propias palabras del aeropuerto—. ¿Verdad, señorita Marchetti?

Maldición. Este hombre escuchaba demasiado.

—El edificio —insistí—. ¿Está en venta o no?

—Depende.

—¿De qué?

—De lo que usted esté dispuesta a ofrecer.

Caminó hacia mí mientras hablaba, cada paso medido, calculado, hasta detenerse a menos de un metro de distancia. Demasiado cerca. El olor a sándalo y cuero me envolvió de nuevo, arrastrando recuerdos que no podía permitirme: sus manos en mis caderas, su aliento en mi oído, el peso de su cuerpo sobre el mío mientras la ciudad dormía y yo renacía entre sus brazos.

—Tengo una oferta generosa preparada —mi voz sonó firme, gracias a años de práctica—. Veinte por ciento sobre el valor de mercado, transferencia inmediata, sin condiciones.

—No necesito su dinero.

—Todos necesitan dinero.

—Yo no —dio otro paso, invadiendo completamente mi espacio personal—. Lo que necesito es más... específico.

El corazón me latía en la garganta. Podía contar las pestañas que enmarcaban esos ojos de tormenta, ver el pulso latiendo en su cuello, oler el whisky en su aliento mezclado con algo más oscuro, más peligroso.

—¿Qué quiere, señor Rossi?

—Información.

—¿Sobre qué?

—Sobre usted.

Su mano se levantó, lenta, deliberada, y un dedo rozó mi mentón con la suavidad de una pluma. Una descarga eléctrica me recorrió la columna, tan intensa que tuve que clavar las uñas en las palmas para no estremecerme.

—Su rostro me resulta familiar —murmuró, estudiándome—. Sus ojos, su voz, la forma en que levanta la barbilla cuando alguien la desafía. La he visto antes, señorita Marchetti. Estoy seguro.

—Quizás en otra vida.

—No creo en las vidas pasadas.

—Entonces tiene un problema, porque esta es la primera vez que nos encontramos.

—¿Lo es?

Su pulgar rozó mi labio inferior, apenas un roce, pero suficiente para que el aire abandonara mis pulmones. El calor de su piel contra la mía despertó cada terminación nerviosa de mi cuerpo, transportándome a aquella noche donde sus labios habían recorrido el mismo camino antes de descender por mi cuello, mi clavícula, más abajo...

Me aparté bruscamente.

—El edificio, señor Rossi. No tengo tiempo para juegos.

Algo brilló en sus ojos. ¿Frustración? ¿Diversión? ¿Deseo?

—Muy bien —retrocedió un paso, y el aire volvió a ser respirable—. Treinta por ciento sobre el mercado, y acceso a su red de contactos en Milán. Tengo planes de expansión en Europa.

—Veinticinco por ciento, y una cena para discutir los contactos.

—¿Una cena? —la sonrisa depredadora regresó—. Creí que no mezclaba negocios con placer.

—Nunca dije que sería placentera. Para usted.

Él rio. Una risa grave, genuina, que transformó su rostro en algo casi humano.

—Tiene fuego, señorita Marchetti. Me gusta el fuego.

—Entonces tenemos un trato.

Extendí la mano para sellar el acuerdo. Él la tomó, sus dedos envolviendo los míos con firmeza excesiva, manteniéndome atrapada más tiempo del necesario.

—Tenemos un trato —confirmó.

La puerta se abrió de golpe.

—Valentino, necesito hablar contigo, es urgente, los bancos están... —la voz se cortó en seco.

Giré la cabeza por instinto, y el mundo se detuvo.

Rudolph McKenzie estaba en el umbral. Mi exmarido. El hombre que me llamó estéril frente a doscientos invitados. El cobarde que dejó que su madre me arrastrara fuera de mi propia boda.

Estaba más viejo, más gordo, más patético de lo que recordaba. Los ojos inyectados en sangre, el traje arrugado, la desesperación sudando por cada poro.

Sus ojos se movieron de Valentino hacia mí.

Y no me reconoció.

Por supuesto que no. Para él, yo había sido invisible incluso cuando estábamos casados. ¿Por qué iba a reconocerme ahora?

—Perdona —balbuceó, dirigiéndose a Valentino—. No sabía que estabas ocupado. Tu asistente no estaba y...

—Rudolph —la voz de Valentino se volvió hielo—. Estoy en una reunión.

—Solo necesito cinco minutos. Cinco minutos para explicarte por qué deberías venderme ese edificio en lugar de...

Sus ojos volvieron hacia mí. Entrecerró los párpados, confundido por algo que no lograba identificar.

—¿Nos conocemos? —preguntó.

El corazón me latía tan fuerte que estaba segura de que ambos podían escucharlo.

Tenía dos opciones. Huir, mantener mi disfraz, seguir siendo Sophia Marchetti. O enfrentarlo ahora, revelar quién era, y ver el terror florecer en su rostro.

La vieja Eva habría huido.

Yo ya no era la vieja Eva.

Solté la mano de Valentino, me giré completamente hacia Rudolph, y sonreí.

—No lo creo, señor...

—McKenzie. Rudolph McKenzie.

—Señor McKenzie —repetí, saboreando cada sílaba—. Pero quizás deberíamos conocernos. Tengo entendido que usted y yo queremos el mismo edificio.

El color abandonó su rostro.

Y en los ojos de Valentino Rossi, vi algo nuevo.

Sospecha.

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