—¡Mamá… papá! —gritó Anna, horrorizada, mientras empujaba a Liam para apartarlo.
No… ¿por qué ahora? ¿Por qué están aquí?
Liam parecía completamente tranquilo, como si la situación no tuviera la menor importancia. Anna, en cambio, se había quedado pálida como la cera. El pecho le oprimía y su respiración era corta, irregular.
—No es lo que piensan, mamá —dijo apresuradamente, corriendo hacia Matilda.
—No me mientas, Anna —respondió Matilda. Su mirada aguda y escrutadora recorrió el rostro de su