—Señorita Anna, es hora del desayuno —anunció la criada desde el otro lado de la puerta.
Anna dejó escapar un suspiro largo y cansado. Sabía que ya iba tarde, pero desde temprano había decidido quedarse en su habitación, atrapada en un torbellino de pensamientos solo con imaginar que tendría que enfrentarlos.
Con pasos pesados, finalmente abrió la puerta y se dirigió al comedor.
En cuanto entró, tres pares de ojos se posaron sobre ella al mismo tiempo. Su pecho se tensó. Incómodo. Asfixiante.
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