Antes de que Alanna pudiera responder, sintió una presencia a su lado. Un calor conocido, una tensión palpable que electrificó el aire.
Leonardo.
El latido en su pecho se desacompasó. Su sola presencia lo cambiaba todo, como una tormenta que irrumpe en plena calma.
Su voz fue grave, tajante, cortante como el filo de un cuchillo.
—¿Quién es él?
Alanna cerró los ojos por un instante.
Lo había olvidado.
Olvidó que estaba en una sala repleta de gente, olvidó que Leonardo había estado observándola,