Leonardo corrió hacia ella y la abrazó por detrás con fuerza, sosteniéndola mientras ella golpeaba su pecho con los puños cerrados. Se retorcía entre sus brazos como si quisiera arrancarse el dolor desde dentro.
—Alanna, mírame —susurró Leonardo al oído—. No la perdiste sola… todos la perdimos. Pero tú no puedes cargar con este peso sola.
—¡Sí puedo! —sollozó ella—. Siempre he podido… siempre tuve que hacerlo… pero esta vez… esta vez no me alcanza.
Las lágrimas seguían fluyendo sin control. La