Alanna cruzó el umbral de su hogar en silencio. El eco de sus pasos en el mármol la envolvía como un susurro triste. No necesitaba mirar alrededor para saber que todo seguía igual… pero nada se sentía igual. Las flores del jarrón en la entrada seguían frescas, el aroma a canela aún flotaba débilmente en el ambiente, y sin embargo, el corazón de la casa había dejado de latir.
Leonardo cerró la puerta con cuidado detrás de ella. Sus ojos no se despegaban de Alanna, pero respetaba cada segundo de