La mañana amaneció con una calma inquietante. El cielo, parcialmente nublado, arrojaba una luz pálida sobre la casa Sinisterra. Allison ya estaba despierta desde hacía horas, caminando descalza por el suelo frío de la cocina, con una sonrisa dibujada en los labios y una energía sospechosamente entusiasta. Colocó sobre la mesa los platos del desayuno: huevos revueltos con finas hierbas, tostadas con mermelada casera y, lo más importante, dos vasos de jugo de naranja recién exprimido… al menos un