El lunes comenzó con una extraña calma.
Alanna había llegado temprano como de costumbre. Su atuendo sobrio y elegante, una falda lápiz negra y blusa blanca de seda, contrastaba con el caos que poco a poco se gestaba detrás de puertas cerradas. Mauricio Ortega, como siempre, la mantenía al tanto de los movimientos estratégicos. Pero ese día, ni él había recibido notificación alguna sobre una reunión especial.
A las 9:45 a.m., justo cuando Alanna revisaba unos informes de producción, su teléfono