La oficina principal de Alberto Sinisterra era un templo de poder y tradición. Las paredes estaban forradas de cuero oscuro, y las vitrinas exhibían premios, placas y fotografías familiares enmarcadas en dorado. El aire olía a madera antigua y café recién hecho, como si el tiempo allí no avanzara, solo se reafirmara. Allison entró con pasos decididos, su bolso colgando con gracia de su muñeca derecha y su chaqueta perfectamente entallada.
—Papá, ¿tienes un momento? —preguntó, aunque ya estaba c