La cena transcurría en una aparente normalidad. El comedor, iluminado con una lámpara de araña antigua que colgaba justo sobre la gran mesa de mármol, ofrecía una atmósfera sobria y elegante. La vajilla blanca con detalles dorados reposaba impecable, al igual que los cubiertos perfectamente alineados. El aroma a salmón con mantequilla de hierbas llenaba el ambiente, pero el aire se sentía espeso, casi cargado de electricidad.
La señora Sinisterra observaba con disimulo a su esposo. Cada movimie