El reloj marcaba las once de la mañana cuando la señora Sinisterra bajó con paso firme por las escaleras principales de su casa. Llevaba un vestido azul petróleo, sobrio y de líneas impecables, y un bolso de cuero donde, bajo documentos cuidadosamente acomodados, dormía un secreto capaz de quebrar imperios. Su mirada, como de costumbre, era serena, pero sus ojos reflejaban una lucha interna constante. Dormir junto a un asesino le había helado la sangre. Fingir por dos días más la estaba consumi