La mansión Sinisterra lucía inusualmente tranquila. Un silencio espeso flotaba en el ambiente, roto solo por el tic-tac del antiguo reloj de péndulo en la pared del pasillo principal. El personal de servicio se movía con sigilo, casi como si percibieran que algo importante estaba por suceder. La señora Sinisterra estaba sola. Miguel y su esposo Alberto habían salido temprano rumbo a la empresa, y Allison había salido a una cita médica que no quiso posponer.
Era la oportunidad perfecta.
Con una