La señora Sinisterra bajó la mirada con el corazón apretado, como si el remordimiento le pesara más que nunca. Sus dedos temblaban levemente mientras los entrelazaba sobre su regazo. La habitación estaba en silencio, y la distancia emocional entre madre e hija parecía una grieta difícil de cerrar.
—Alanna… —dijo con la voz apagada— no solo te enviábamos cosas materiales. También te escribía. Te escribía todos los días. Cada mañana me sentaba en mi escritorio y llenaba páginas enteras contándote