El ambiente en la sala era denso, como si el aire se hubiese impregnado de recuerdos que dolían. Alanna había accedido a ver a su madre, más por educación que por deseo. Estaba cansada de conversaciones a medias, de sonrisas que ocultaban verdades. Por eso, cuando la señora Sinisterra se sentó frente a ella, supo que era momento de dejar de fingir.
—Gracias por recibirme, Alanna —empezó su madre nuevamente con voz suave, casi temerosa—. Sé que no lo merezco, pero aún así… necesitaba verte.
Alan