Alanna se removió entre las sábanas. La casa estaba en silencio, pero su mente no podía descansar. Cerró los ojos con fuerza, tratando de forzarse al sueño, aunque lo último que deseaba era soñar.
Pero lo hizo.
Y volvió allí.
Al patio interno de la antigua residencia de los Sinisterra. Un lugar que, a pesar de todo, su memoria se negaba a borrar.
El sol era tibio y se colaba entre las ramas de los árboles frondosos. Los pájaros trinaban como en una escena de cuento. En el centro del jardín, un