Alanna se quedó inmóvil. El aire se espesó entre ellos. Su respiración se agitó al oír aquel nombre. Un nombre que conocía demasiado bien, pero que ahora sonaba distinto. Más frío. Más oscuro.
—¿Mi padre…? —susurró, casi sin voz— ¿Estás seguro que en el diario de tu papá aparece el nombre de Alberto Sinisterra?
Leonardo asintió lentamente, sin apartar la mirada de sus ojos, temiendo lo que esa verdad podía desatar.
—No solo aparece… Está subrayado. Una y otra vez.
El corazón de Alanna latía con