La noche había caído como una pesada cortina de plomo sobre la mansión. No había más luces encendidas, no se escuchaban voces, ni pasos, ni suspiros. Solo el viento, que golpeaba las ventanas con un aullido suave, como si el mismo cielo sintiera el peso de la verdad que acababa de estallar.
Alanna no esperó a escuchar más. Apenas Leonardo terminó de decir que todo había comenzado por venganza, su cuerpo se levantó casi por instinto. Caminó hacia la puerta sin mirar atrás. No gritó. No lloró. No