El cielo estaba cubierto de nubes espesas cuando Miguel Sinisterra descendió del auto negro estacionado frente al convento Santa María. Su figura alta y elegante destacaba incluso entre la niebla húmeda de la mañana. Llevaba un traje oscuro, sin corbata, el cuello ligeramente abierto y una gabardina que apenas se movía con el viento. Caminaba con la seguridad de quien siempre ha sido obedecido sin objeciones. Su sola presencia imponía respeto, incluso sin emitir palabra.
El convento era una edi