Alexa sabía jugar sus cartas.
Después del golpe que recibió en la reunión, estaba dispuesta a recuperar su terreno.
Y sabía exactamente dónde apuntar: Leonardo.
Él seguía siendo su obsesión, su ambición no resuelta, y mientras Alanna brillaba cada vez más a su lado, Alexa se consumía por dentro.
Esa mañana, vestida con un conjunto entallado color vino que resaltaba su figura, entró sin anunciarse a la oficina de Leonardo.
—Buenos días, Leo —dijo con voz dulce, cerrando la puerta tras ella.
Leon