Alanna observó a Leonardo con atención mientras desayunaban en el elegante comedor de la mansión. Desde que Bárbara y Sabrina se habían marchado, lo notaba distinto. No era el mismo hombre seguro de sí mismo, el que siempre tenía una respuesta para todo. No, esta vez parecía atrapado en sus pensamientos, distante, con el ceño levemente fruncido.
Apoyó la taza de café sobre el platillo con calma y entrelazó los dedos sobre la mesa antes de hablar.
—¿Vas a decirme qué sucede o seguirás fingiendo