Bárbara ajustó la bufanda sobre sus hombros mientras ayudaba a Sabrina a entrar al auto. Su hija la abrazó con fuerza antes de acomodarse en el asiento trasero.
Cuando cerró la puerta del vehículo, se giró para ver a Leonardo y Alanna de pie en la entrada de la mansión. Leonardo, con los brazos cruzados, mantenía su habitual expresión impasible, mientras Alanna, con su postura elegante, los observaba con cortesía, aunque sin emoción.
—Gracias por cuidar de Sabrina en mi ausencia —dijo Bárbara,