Laura
Pasé el resto de la tarde encerrada en mi alcoba con Gabriel, sosteniendo su cuerpo tibio contra el mío mientras dormía. No cené. Me bastaba con tenerlo cerca, con memorizar su peso, su respiración pausada, cada pequeño gesto, como si el tiempo pudiera guardarse en la piel. La decisión del juez aún no entraba en vigor, pero ya se había instalado en mi cuerpo.
Al caer la noche, nadie tocó la puerta. Simplemente se abrió.
Anny entró primero, cargando una bandeja con una tetera, tazas desig