Laura
—Laura, ¿está bien? —preguntó el hombre ante mí—. Venga, siéntese.
—Antonio… —balbuceé otra vez, con el corazón encogido y las lágrimas acumulándose en las comisuras.
Él negó despacio, en silencio, y entonces noté mi error. Me sentí ridícula por haber creído, siquiera por un segundo, que Antonio había vuelto. El azul de sus ojos era distinto; además, lucía mucho más joven.
—So-soy el doctor Antonelli… —La voz le tembló, así que se aclaró la garganta—. Matías Antonelli.
Oír su nombre dolió