Capítulo 40

Antonio

La llamada finalizó sin otra palabra suya y cada vello en mi cuerpo se erizó. Corrí como un demente al estacionamiento. Mi chófer estuvo a punto de bajarse para abrirme, pero alcancé a gritarle:

—¡Enciende el motor!

Mi actitud fue suficiente para que comprendiera lo apremiante de la situación. Abordé de un salto; la puerta se estrelló atrás de mí.

—¡A Santa Mónica, ahora!

La adrenalina recorría mi cuerpo. El vehículo se desplazaba a toda prisa y aun así veía el mundo en cámara lenta. Ll
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