Antonio
La llamada finalizó sin otra palabra suya y cada vello en mi cuerpo se erizó. Corrí como un demente al estacionamiento. Mi chófer estuvo a punto de bajarse para abrirme, pero alcancé a gritarle:
—¡Enciende el motor!
Mi actitud fue suficiente para que comprendiera lo apremiante de la situación. Abordé de un salto; la puerta se estrelló atrás de mí.
—¡A Santa Mónica, ahora!
La adrenalina recorría mi cuerpo. El vehículo se desplazaba a toda prisa y aun así veía el mundo en cámara lenta. Ll