Lucia
No duermo.
O tal vez sí. Lo suficiente para hundirme al borde de un sueño ardiente, un sueño empapado de su piel, de su voz, de sus lomos golpeando, incansables, contra mi pelvis.
Lo suficiente para que mis miembros se abandonen y mi mente vacile aún en el eco de sus gestos, de sus palabras, de su boca sobre mí.
Y, sin embargo, todo en mí vibra. Todo en mí sigue tenso, a flor de piel, arqueado hacia él.
La sábana pegajosa se interpone entre mis muslos, adherida a mi piel húmeda, inundada de bochorno, de semen, de sudor salado. Mi cuerpo se relaja, pero mi vientre, él, permanece habitado, tenso, listo.
Mis pechos están sensibles, hinchados de deseo. Mis pezones apuntan bajo la tela arrugada. Mi respiración es lenta, pero mi corazón, él, late acompasado.
He gozado. Sí. Mucho tiempo. Intensamente.
Pero queda algo insatisfecho en mí. Una espera, sorda, profunda, inalterable.
Como un hambre que nada puede saciar realmente.
Y entonces lo siento.
Incluso antes de que hable.
Un temblor