Matteo
— Es hora.
Las palabras son simples. Casi tranquilas. Pero en la boca de Salvo, incluso una caricia puede matar.
Le respondo con una mirada. Nada más.
Sabemos exactamente lo que tenemos que hacer. Michel no ha dado ninguna orden explícita. Nunca la necesita. Cuando nos llama, es porque ha llegado la hora.
No es un llamado a asesinato.
Es un recordatorio del orden.
Bajamos las escaleras del ala sur de la sede, el paso regular, preciso, casi religioso. Abajo, el aire es más frío, más denso