La curandera llegó escoltada por dos guardias armados. El sonido de sus pasos resonó en el gran salón, marcando un ritmo solemne que hizo que todos los presentes contuvieran la respiración. Su espalda estaba recta, su mentón alto. Sabía que lo que estaba a punto de pronunciar no solo cambiaría destinos, sino que destruiría mentiras cuidadosamente construidas.
Al cruzar el umbral, se detuvo frente al trono y realizó una reverencia profunda ante Mahina.
—Su majestad —saludó con una voz clara, firm