Armyn abrió los ojos de golpe, arrancada del borde del sueño por una sensación de peligro tan intensa que le quemó la sangre. El primer aliento se le quedó atorado en el pecho cuando enfocó la vista. Frente a ella, iluminada por la luz mortecina de las antorchas, estaba Tena.
Sonreía.
No era una sonrisa humana ni amable, sino una torcida, llena de rencor, con los ojos brillándole de una forma enfermiza. En su mano derecha sostenía un cuchillo. La hoja, fina y cruel, reflejaba destellos pálidos: