Mahina estaba en la habitación, envuelta en una calma que contrastaba de forma casi irreal con la agitación que se sentía en todo el territorio. Aquel cuarto, reservado solo para las ceremonias más importantes de la manada, estaba impregnado de aromas antiguos y de una energía solemne.
Las antorchas proyectaban sombras suaves sobre las paredes, y la luz danzante parecía seguir cada uno de sus movimientos, como si incluso el fuego reconociera su presencia.
El vestido que cubría su cuerpo era una