Cuando la bruja finalmente se fue, un silencio pesado llenó la estancia, como si la misma manada contuviera la respiración. Armyn y Riven se quedaron frente a frente, sus miradas cruzándose, buscando consuelo y seguridad en los ojos del otro. El miedo y la incertidumbre colgaban en el aire, y cada segundo de silencio parecía alargar la agonía que ambos sentían.
—No habrás creído en eso, ¿verdad? —preguntó Riven, con un hilo de incredulidad y ansiedad en la voz.
Armyn lo miró, y su corazón se ten