Tena esperaba afuera del salón de curación, caminando de un lado a otro, como una loba atrapada en su propia furia. Sus dedos temblaban, no de miedo, sino de impaciencia. Solo deseaba una cosa: que alguien saliera a anunciarle que Luna Phoebe había muerto al fin.
El silencio en los pasillos era espeso, casi insoportable. La manada entera contenía el aliento; la caída de Phoebe era un golpe que ninguno veía venir, y aunque todos la respetaban, nadie sospechaba que aquel “accidente” había sido pro