Esa noche, el llanto de Rhissa no conocía consuelo.
Las lágrimas corrían sin freno por su rostro, deslizándose por sus mejillas como si su cuerpo entero se hubiera rendido al desborde.
La seda de las sábanas estaba empapada, fría bajo sus dedos crispados, mientras los sollozos la sacudían con una violencia casi teatral. Cada respiración era un gemido; cada gemido, una acusación silenciosa.
Alfa Dyrhan permanecía a su lado, sentado en el borde de la cama. La rodeaba con los brazos, sosteniéndola