Dos días habían pasado desde la gala. La ciudad seguía su curso, ajena a los planes que se tejían en las sombras, a las piezas que se movían en el tablero de la familia Hidalgo. El sol de la mañana se filtraba a través de los ventanales de la oficina de Sebastián, iluminando el polvo que bailaba en el aire como pequeñas estrellas doradas. Sebastián estaba sentado detrás de su escritorio de caoba, con el teléfono en la mano y una sonrisa de satisfacción en los labios. Había estado esperando este