El avión surcaba el cielo nocturno. Afuera, las nubes parecían algodón bajo la luz de la luna. Las estrellas brillaban como pequeños diamantes esparcidos sobre un manto negro. El silencio era casi absoluto, roto solo por el suave zumbido de los motores.
Mara estaba recostada en el hombro de Joaquín. Sus ojos se habían cerrado hace rato. La respiración era pausada, profunda, como la de quien ha encontrado la paz después de una tormenta. El cabello suelto le caía sobre la cara, y una de sus manos