186.

Cuando abrí los ojos en la mañana, me alegró no estar sola en la cama. Ismael estaba a mi lado, abrazándome. Pude sentir sus cálidas manos en mi espalda. El ambiente se sentía tan tranquilo, sin la tormenta eterna. Habíamos dormido con la ventana abierta; aquí el aire cálido comenzaba a entrar en la habitación.

Me volví para mirar a Estefanía. La muchacha seguía durmiendo, aún exhausta, pero podía ver que en sus mejillas había regresado el color. Sus poderes habían vuelto. Al menos aquello me p
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