136.
A pesar de que la cabrita, de alguna forma consciente o inconsciente, había ahuyentado la tormenta eterna por varios kilómetros, el viaje no fue para nada fácil. Cuando llegamos al borde de la frontera donde la tormenta comenzaba de nuevo, tuvimos que ponernos otra vez todos los abrigos. Era una sensación extraña a la vista: la tormenta comenzaba abruptamente en una gran pared.
—¿Está seguro que esta es la dirección correcta? —le pregunté a Salomón.
Él asintió.
—Lo es. Me aseguré bien de