Victoria pasó la mañana en el taller de Daniel, ahí se sentía más cómoda que en la mansión Montenegro, donde cada gesto parecía medirse por Fernanda, Regina o Adrián.
En el taller, en cambio, su opinión importaba.
—No puede depender solo de la apariencia —dijo Victoria, señalando el prototipo sobre la mesa—. Si el cliente quiere lujo, también va a exigir durabilidad. No sirve de nada que luzca bien si se daña con el uso diario.
Daniel, de pie a su lado, revisó el plano.
—Eso mismo pensé. Por eso