Clara no debía estar cerca del despacho principal y lo sabía.
En la mansión Montenegro, cada empleado tenía claro hasta dónde podía moverse, qué puertas podía cruzar y cuáles debía fingir que no existían. Regina era estricta con esas divisiones, y aunque Adrián no solía ocuparse de esos detalles, Clara llevaba años aprendiendo que en aquella casa sobrevivía quien parecía no ver nada.
Pero esa tarde fue distinto.
Fernanda había llegado a la mansión poco después de que Adrian la mandara llamarla.