Adrián esperó hasta la mañana siguiente para hablar con Victoria.
La encontró en el comedor, con una taza de té y una carpeta abierta. Revisaba proveedores, hacía anotaciones y consultaba su teléfono.
Antes, a esa hora, ella habría preguntado por sus reuniones, el chofer o su café.
Esa mañana no levantó la vista hasta que él se sentó frente a ella.
—Buenos días —dijo Adrián.
—Buenos días.
La respuesta fue educada, sin frialdad evidente, pero tampoco con la suavidad de antes.
Adrián miró la carpe